El saber clasificatorio, caracterizado por guardar, archivar y coleccionar es un rasgo que define la modernidad, nos dice el Mtro. José Luis Barrios. La historia de los objetos contemporáneos que han alcanzado la categoría de iconos se insertaría en ese afán; entre estos está la representación del cuerpo femenino y en especial uno que sintetiza el sueño americano: la muñeca Barbie.
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Estereotipo femenino si lo hay, y que está asociado a dos ideas: una, la del éxito –que no por ocurrir en diversas profesiones y oficios–, deja de ser inexplicable. O quizá, la explicación esté en su comportamiento neutral y ajeno a las duras realidades del mundo, propio de la posmodernidad; y dos, que una sola mujer reúna belleza (más sugerida que real, pues sus proporciones acusarían más el concepto de belleza lánguida que la de símbolo sexual); una “enorme capacidad económica” y con sólo cambiar de atuendo, una capacidad de adaptación a épocas, latitudes y culturas diversas que habla más de un proyecto ideológico y de marketing que de tolerancia e inclusión.
De cualquier manera, hacia el último tercio del siglo XX sectores importantes de la sociedad se secularizan. Agotadas las utopías y canceladas las promesas de la fe, “queda solamente el cuerpo como templo”. Colectivamente, ello se expresa en corrientes de pensamiento que buscan un reencuentro con la naturaleza; vegetarianismo, ejercicios variados como los aeróbicos y que tienen una serie de ramificaciones como la práctica del temazcal, tratamientos para adelgazar, masajes, etc. Pero que alcanzan su máxima expresión con el aprovechamiento de los avances en la medicina para –por medio de cirugías de todo tipo– mantener los cuerpos ideales. Es en el cuerpo entonces donde se representan las nuevas utopías posibles de alcanzar: cuerpos delgados y bellos, “eternamente” jóvenes. Y como todo ideal, muchos lo buscan, pero pocos lo alcanzan. |
... al ver tu talle tan fino,
las cañas azucareras
se echaban por el camino |
Pero si no puede alcanzarse, sí se puede –adquisición de por medio– tener el fetiche que lo representa. Y ya teniéndolo, como consecuencia se obtiene un sentido de identidad y pertenencia. Isaiah Berlin señala que en los momentos de crisis histórica, el hombre tiende a elegir visiones del mundo deterministas y conservadoras. ¿Habrá uno que lo sea más que el universo de las barbies?.
Pero la diversidad de la muñeca también puede verse como una serie de las nuevas sacralidades. Si en su origen los santos y las deidades aparecen como receptáculos de virtudes que el común del género humano no podría alcanzar, es posible que a nivel popular un objeto masivo sirva para sublimar sueños y fantasías: la Barbie es la plebeya con vida de reina; o quizá una “aristócrata que al no poder serlo de sangre, lo es del dinero”.
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Barbie anoréxica |
El cuerpo como todo lo que pertenece al género humano –nos dice Jaime Labastida– no es sólo un elemento simbólico; sino también un fruto de la imaginación de quienes lo ven. La imagen que vemos de Barbie estaría incompleta sin la ropa que la identifica y los objetos que la rodean y le dan estatus. Es decir, el variado vestuario y los abundantes objetos son todo aquello que usan y poseen –simbólicamente– a través de las barbies, las dueñas y coleccionistas. Pues “La colección, nos dice Jean Baudrillard, es donde triunfa esa empresa apasionada de la posesión…”.
Pero, las muñecas y sus accesorios pertenecen también al universo lúdico y onírico y en él no todo es razón. Sobre todo en el primero, donde tres o cuatro generaciones han vivido el mundo según Barbie. Veamos: en sólo 50 años ha habido varios cambios de sensibilidad; con esa muñeca se puede ilustrar cómo la etapa ideal pasó de la infancia representada en las muñecas antiguas, a la eterna juventud de la Barbie. El objeto nace con una intención de lo más superficial: servir para entretener a las niñas; pasa por etapas diferentes y en algún momento alcanza el grado de fetiche, cuando al igual que otros objetos tiene versiones de “edición limitada” y es reconocida como un objeto de colección.
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Mucho guardarropa |
Su legitimidad como parte de la cultura contemporánea la alcanza cuando su vestuario es encargado a diseñadores de renombre y sobre todo cuando hace su entrada triunfal al museo, ese lugar de consagración por excelencia. Ese es el momento, la apoteosis del libre mercado y el proyecto ideológico que lo acompaña.
Pero llegar a ello le ha llevado tiempo; cincuenta años para ser exactos. En ese tiempo el mundo ha cambiado mucho y la Barbie poco. Y está claro que en un mundo de “inmortales” como el nuestro, basado en el culto al cuerpo, a la belleza y al éxito a cualquier precio, incluido el de la decencia ética, la Barbie es el símbolo o la estética que corresponde a esa ética que hoy en plena globalización, es universal. Su exposición en el Museo Franz Mayer, forma parte de los actuales procesos de legitimidad y deben verla los interesados en la diversidad propia de nuestro tiempo.
PS. Por las medidas sanitarias a causa de la influenza humana, el tiempo para acudir a la exposición se redujo considerablemente; pero en la red todavía pueden verse las imágenes y textos de la muestra.
*Crítico de arte |