Varias cosas me han hecho revisar mis opiniones acerca de un personaje de la historia reciente de nuestro país: el licenciado Miguel Alemán Valdés.
Había características de dicho personaje que lo hacían odioso a un joven de izquierda como era yo en los años sesenta: la corrupción que se incrementó durante su gobierno, el mandar levantar su propia estatua en la explanada central de la UNAM y, especialmente, el que los norteamericanos lo llamaran “mister amigo” e insistieran en ponerlo como un ejemplo de lo que un político mexicano debería de ser. Muy cercano, pues, a los Estados Unidos.
Ya han pasado 45 años.
En lo referente a su gringofilia, y en comparación con Salinas, Zedillo y Fox, don Miguel me parece ahora casi un Juan Escutia o, incluso, un José Azueta.
La situación geoestratégica del primer lustro de la posguerra era fácil de percibir y difícil de eludir. En el centro de dicha situación estaba el hecho de que nuestro vecino país era la única potencia sobreviviente a la terrible segunda guerra mundial. Por ello, resultaba imperativo llevarla bien con su gobierno mientras nuestro país buscaba implementar políticas soberanas, pero sin bravatas. Además, era factible aprovechar ciertas ventajas que nos brindaba nuestra vecindad, y así se hizo promoviendo el turismo, pues en esos años sólo los norteamericanos tenían capacidad económica para viajar por placer.
En aquella época, le resultaba imperioso a nuestro país el poder expandir sus capacidades petroleras. No se habían abierto nuevos campos y la producción de crudo se estaba estancando. Mientras tanto, las refinerías existentes estaban envejeciendo. La recaudación fiscal era muy baja y sería necesario importar equipos y servicios; por ello, resultaba imprescindible obtener créditos. Todo eso sólo podría venir de un país: los Estados Unidos. El equipo y los servicios eran más o menos accesibles si se contaba con dinero, pero negociar un crédito, tanto en el Eximbank como en bancos privados norteamericanos -y para ser usado por PEMEX- era imposible a sólo 10 u 11 años de una expropiación por la que nuestros vecinos se sentían muy dolidos.
Surgió entonces la idea de concentrar nuestros magros recursos presupuestarios en la modernización de las refinerías existentes y construir una nueva en Salamanca. Ello al tiempo que se procuraba ampliar la capacidad de extracción mediante la celebración de “contratos de riesgo” con muchas compañías exploradoras norteamericanas, la mayoría pequeñas y de escasas ligas con los grandes conglomerados petroleros del país vecino.
Actualmente acepto la posibilidad de que los dirigentes políticos de aquel entonces tenían convicciones patrióticas, aunque las circunstancias los obligaran a no fanfarronear al llevarlas a los hechos. Un miembro conspicuo de esa élite lo fue don Antonio J. Bermúdez -a la sazón director general de PEMEX- quien ya retirado escribió un libro muy interesante con los recuerdos de sus vivencias petroleras. En dicho libro podemos ver que tal política tuvo un éxito parcial: los hallazgos de nuevos yacimientos fueron aceptables aunque no espectaculares. No obstante, permitieron destrabar el aprieto que describimos, pues hubo un cambio de actitud en los bancos privados que comenzaron a prestar a nuestro país para proyectos no petroleros y ello fue liberando recursos presupuestarios que se pudieron emplear en fortalecer a PEMEX. Salvar la coyuntura descrita hubiera sido muy difícil de haber asumido actitudes virginales. Lo importante en todo este período fue que nuestro país nunca perdió el control sobre la política petrolera ni sobre el futuro de ésta. Creo que la palabra “control” debería ser clave en los análisis de la problemática actual.
Apenas consumada su independencia, nuestro país era gobernado por una clase dirigente que se creía ilustrada. Algunos de sus miembros si lo eran, pero la gran mayoría sólo coincidía en compartir mitos disparatados acerca de la historia de las sociedades humanas, como aquel relativo a la supuesta laboriosidad de los pueblos nórdicos. Así, se les ocurrió la peregrina idea de traer colonos anglosajones -norteamericanos casi todos ellos- para que “ayudaran a poblar el norte de nuestro territorio” y en particular Texas. Por medio de compañías reclutadoras del país vecino, se celebraron contratos con aquellos que aceptaran venir a explotar las tierras que el gobierno mexicano les regalaría. La única garantía que se estipulaba en dichos contratos era que los interesados fueran católicos y bastaba su palabra para cumplimentar el requisito. Sucedió que los colonos llegaron muy bien organizados, perfectamente liderados y, además, sufrieron un súbito cambio de convicciones religiosas. En 1836 se independizó Texas y en 1848 Estados Unidos nos arrebataba casi dos millones de kilómetros cuadrados.
El verdadero gran riesgo no radica tanto en las clausulas de un contrato como en la estupidez de una oligarquía gobernante.
En forma gradual, muchas décadas más tarde, los líderes triunfantes de la Revolución Mexicana fueron coincidiendo en un proyecto histórico para nuestro país. Después de la muerte de Obregón -y quizás a causa de tal drama- dichos líderes acertaron a organizarse en tal forma que quedaron incluidas casi todas las expresiones políticas que surgieron en ese complejísimo período de nuestra historia. Así, se alternan varias etapas, radicales unas y moderadas otras; pero se van cumpliendo metas de diverso tipo. Tenemos ahí una élite gobernante y un acuerdo político básico. Este grupo tiene defectos: algunos de sus miembros son matones, otros son corruptos y algunos ambas cosas. Pero el gran defecto es sistémico. Su proceso de reproducción -la formación de nuevos cuadros dirigentes- es de carácter artesanal: viejos políticos van “pastoreando” y colocando dentro del aparato estatal a jóvenes prometedores. Esto dejó de funcionar y, a partir de 1976, comienzan a detentar el poder político personajes cada vez menos preparados y cada vez más ignorantes de nuestra historia. La alternancia reciente no altera la tozudez ideológica de la tecnocracia prianista y debemos ver a la actual ansia privatizadora que exhiben como una muestra de su vacío ideológico. Así, han tratado varias veces de instrumentar diversos tipos de concesiones, aun en contra de la voluntad popular, y esto sí constituye un grave riesgo, más allá de cualquier contrato.
Desde la izquierda debemos construir una plataforma ideológica en donde queden bien definidos los límites para la participación privada en el petróleo, así como los instrumentos para el control futuro del sector, de tal forma que vuelva a ser una palanca fundamental para nuestro desarrollo. Una actitud virginal al respecto puede resultar sublime, pero mejor debemos buscar posiciones sustentables que podamos defender.
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