En el décimo aniversario de la Nave de los Locos y el Octavo del Festival de Febrero, convocado por ese grupo, alguien más cumple años: el público que ha acudido con regularidad a sus actividades. Ser parte de este último, pero, sobre todo los efectos de estar en este local, son la razón de esta nota.
Primero, un poco de historia: La Nave en su origen trabajó el Taller Literario, el Cineclub y el Ajedrez. En los primeros festivales, realizados en un pequeño local del Edificio Cabinsa en dos fines de semana de cada febrero, abundó la poesía, se hicieron muestras fotográficas y conciertos de guitarra. El público de esa época era reducido y parecía interesado en la propuesta cultural.
Con el paso del tiempo ha habido cambios. Significativamente, de timón, de tripulación, de actividades y de proyecto. Ocupando ya instalaciones del Centro Cultural Regional de Texcoco, el grupo mantuvo el Café Literario y el Cineclub. Ya en años recientes, continúa el Cineclub pero la actividad más importante ahora es el Festival de Febrero. Y La Nave se ha sumado a las actividades del Centro Cultural como las Jornadas Barrocas, o convocando a concursos de ajedrez en otras comunidades y presentado exposiciones fotográficas (entre ellas una de quien “ha publicado en la mejor revista de fotografía de México”), libros y teatro. Para las ediciones recientes se incluyeron el Seminario de Historia, exposiciones de Artes Plásticas y música de otros géneros.
Sin duda, el cambio más importante es que de ser una propuesta artística para un público reducido, La Nave de los Locos pasó a buscar de manera obsesiva públicos masivos, “nuevos foros culturales” y la espectacularidad de sus acciones. El estilo adoptado en los últimos tiempos es el maratón. Los ha habido de cine, de poesía, de música... Lo anterior sería loable para un grupo que como todos los que hacen cultura a ese nivel, carecen de apoyos oficiales; sobre todo si con ese crecimiento y diversidad de propuestas y de formas de organización hubiera mantenido el espíritu con el que surgió el grupo. Puede decirse que la abundancia de actividades con la que se han realizado las últimas ediciones del Festival de Febrero ha ido en detrimento de la calidad.
De las recientes propuestas, las dedicadas a la plástica han sido las menos cuidadas. Aspectos específicos como impulsar una estética o a un autor, la curaduría y la museografía no han formado parte de la oferta plástica de la Nave. Conviene abundar en los detalles: en la exposición del año 2009, la curadora también expuso sus cuadros; aspecto inédito, pues si una exposición es un juicio sobre lo expuesto, resulta poco elegante que quien realiza la curaduría, se incluya en la misma, sobre todo si su trabajo es el de menor calidad. Ya en la de este 2010 en el Centro Cultural, se incluye una cédula que pretende presentar al conjunto de la muestra llamada Realidad(es). Con un texto así, se podría presentar cualquier exposición colectiva en cualquier lugar; como las hasta ahora expuestas, y podría servir incluso para las del futuro, pues no hay ninguna alusión a las obras ni a los artistas incluidos. Si como ahí se señala, cada obra fue realizada expresamente para esta muestra, los autores, con su trabajo, contradicen la intención del texto.
El conjunto de la muestra carece de unidad temática, de sentido formal y estilístico. ¿Qué hacen los tres cuadros de John Cossío –en proceso pero de rasgos poéticos y únicos que debieron incluirse– al lado de las obras de Perzona, de subrayado sentido ideológico? ¿O el arte experimental de Israel Aguillón junto a quien ha osado profanar con sus cuadros en su centro a lo artístico: Helikía? ¿Por qué incluir cuadros ya muy vistos y poco propositivos de Carlos Hackoe? ¿Por qué ocupar dos salas si con la mitad de lo expuesto se resolvía la exposición?
Para esta muestra debió incluirse una hoja de sala donde se proporcionara información al visitante para saber acerca de la trayectoria de los autores y ver a qué generación pertenecen, con qué autores o con qué propuestas dialoga su trabajo. Las exposiciones de la Nave se han quedado en un tendedero de cuadros que si bien es común en Texcoco, lo deseable era superarlo.
Hay que decirlo, siempre hay una parte aprovechable de la oferta cultural de La Nave, aquella donde los ponentes son profesionales en su tema –los menos–. Pero, además, debería solicitarse a quienes participan emplear con criterio Wikimedia para preparar sus textos. Finalmente, hay que referirse a una expresión que de manera sistemática fue repetida en los correos para invitar a cada actividad, y verbalmente al inicio y al final de cada una de ellas: “despolitizar la cultura”, intención que no se cumple por parte de La Nave en sus acciones recientes. Dos ejemplos: impulsar las trayectorias de quienes conocen su tema es legítimo, pero inventárselas a otros por amistad, o bien igualar en el discurso obras dispares, es –justamente– hacer política. Alguna vez Kolakowski dijo: “todo proyecto es incompleto y todo hombre contradictorio...”, es decir, queda la idea de que La Nave retome la calidad de lo mostrado en su origen.
*Crítico de arte
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