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Opinion Nacional Cultura Toros
 

TOROS
Cuando Dios se viste de luces
Texto: El Niño del Coso


Existen innumerables testimonios acerca de la fuerte relación entre la llamada "fiesta brava" y la religión católica.

Son muy variadas las representaciones recogidas por la pintura y la escultura que demuestran que esa relación entre lo que originalmente fue la fiesta de “alanceamiento de toros” y los milagros, son frecuentes.

Así, nos encontramos con un tema muy extendido: la imagen de “El quite de la Providencia". La palabra "quite" alude a la intervención que ayuda al torero a evitar que el toro le mate o lo malhiera. Existen óleos de muy antigua factura que representan a la Virgen recogiendo con su capa la embestida del animal furioso, lo mismo para salvar al torero que, como lo representó con humor negro Pablo Picasso en una de sus cerámicas, para salvar al caballo.

Pero, en general, hay coincidencia en que hace ya muchos siglos "los poetas complicaban y hermanaban los misterios de la religión con el misterio popular de la corrida".

Además de  poner a torear a la virgen María o a Jesús crucificado, los poetas han echado mano también de la lista de pecados que muchos estudiosos de la religión atribuyen a la sabiduría de Santo Tomás de Aquino, representándolos como el toro del pecado. La lujuria, gula, avaricia, pereza, ira, envidia y soberbia, son todas conductas condenadas por quien fue uno de los primeros padres de la doctrina católica. Las llamó, en contraposición a los pecados menores o veniales, los Siete Pecados Capitales.
El fino poeta y ensayista Don Carlos Fernández Valdemoro, más conocido como Pepe Alameda, incluyó en su interesante libro Seguro azar del toreo, un villancico recabado en 1611 por el español Alonso de Ledesma en su obra "Juegos de Nochebuena”, de nombre Vente a mí, torillo hosquillo, toro bravo, vente a mí, la cual ponemos frente a nuestros lectores:
 
El príncipe de tinieblas/ siete toros encerró/ porque en el coso del mundo/ corriesen al pecador.

Corrió el toro de soberbia/ tras el banquero mayor / y con ser el que volaba/ del potro lo derribó.

La  gula es un toro grueso/ pero tan gran corredor/ que al capearle mi padre/ tras un árbol lo cogió.

Sigue el toro de la envidia/ a Caín con tal furor/ que le alcanzó a pocos pasos/ porque en Abel tropezó.

Salió el toro de la ira/ tras el duro Faraón/ y tan le acosa y le sigue/ que en el agua le arrojó.

Entró el toro de lujuria/ tan ligero y tan feroz/ que no escapó de sus cuernos/ ni David ni Salomón.

El toro de la avaricia/ hasta la iglesia se entró/ y a Judas de una barrera/ entre 12 lo sacó.
Pereza es un buey cansado/ mas no os lleguéis mucho vos/ que si descuidado os coge/ ¡os ha de matar, por Dios!

¡Oh, qué vuelta que le da/ el pecado al pecador!/ toro que con el aliento/ dio la muerte a más de dos.

Mirad, pecador, por vos/ baste la primer caída/ no arriesguéis así la vida/ ni le estéis llamando así:/ "Vente a mí, torillo hosquillo/ toro bravo, vente a mí".

Más allá de la representación gráfica de los citados pecados, cabe señalar que en la actualidad la religiosidad que sigue imperando en las plazas de toros, y particularmente entre los toreros, es la católica. No hay torero que no porte en su equipaje toda una colección de imágenes católicas, y no se sabe de matador alguno que sea musulmán, budista o adorador de alguna otra deidad que no sean las reconocidas por la iglesia y el santoral sancionados desde Roma.

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