Hace algunos años escribí un artículo titulado “ADIOS A LA PAX AMERICANA”. No creo haberme equivocado mucho cuando en aquel tiempo consideré que la doctrina militar geoestratégica formulada por George W. Bush era, básicamente, una bravata y, como todas las bravatas son actitudes desesperadas que reflejan una crisis no resuelta y tienden a agravarla, era previsible que el período de dominio estadounidense incuestionado se estuviera acercando a su fin.
| La gran preponderancia que tuvieron los Estados Unidos al finalizar la segunda guerra mundial ya no existía al comenzar el presente siglo. De los cuatro pilares que a lo largo de la historia han sostenido a los grandes imperios –economía, política, cultura y fuerzas armadas- en el caso de la potencia norteamericana ya solo operaban los dos últimos. En aquellos años, ya se barruntaba la crisis financiera que recientemente estalló y, no obstante, el presidente Bush recibía el apoyo de la opinión pública –y de los votantes- para las tonterías que cometía. |
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Grandes retos para gobernantes tan pequeños. |
Ya en aquella época, Estados Unidos había dejado de ser la mayor economía del mundo. Había razones para considerar que la Comunidad Europea era una unidad económica cabal y en ese papel había ocupado el lugar puntero. En esa zona del viejo continente ya existía una libre movilidad interna de personas, productos y capitales; las estrategias macroeconómicas eran acordadas y consensuadas con gran agilidad por los órganos comunitarios; los sistemas jurídicos no eran más disímiles que los existentes al interior de la unión americana. La cereza del pastel era la pujanza del EURO, moneda que había comenzado a ser usada por la mayoría de las naciones comunitarias. De su paridad inicial uno a uno respecto al dólar, había pasado rápidamente a cotizaciones más ventajosas. Este hecho hacía parecer infundados los temores causados por el incumplimiento parcial de las obligaciones acordadas para establecer la gran divisa. El paso de los años incrementó la confianza y con ello su cotización.
Japón ya tenía el enorme peso productivo que le reconocemos, pero aun así sus líderes parecían considerar –equivocadamente- que ello no los obligaba a un protagonismo importante en la arena internacional. China ya empezaba a generar asombro en el campo económico, pero se concentraba en crecer orillándose a moderar su activismo de décadas anteriores.
Por el prestigio político que alcanzó mediante su exitoso proceso de integración, Europa parecía ser la que entraría en la liza para ocupar una parte importante del liderazgo mundial que los Estados Unidos ya no podían ejercer en solitario. El largo proceso de construcción de la unidad europea siempre había ido de éxito en éxito y de menos a más. Tanto el tratado de París para liberalizar el comercio del carbón, del hierro y del acero como el tratado de Roma para establecer el Mercado Común indicaron con claridad la dirección que habría de seguirse, pero fue la reconciliación franco alemana la que le dio el impulso definitivo. Dos de los más grandes estadistas del siglo XX, Konrad Adenauer y Charles de Gaulle dejaron bien establecido que la paz era definitiva y que no habría un cuarto raund de enfrentamiento entre sus dos países; la confianza política se transmitió al aparato productivo y las inversiones a largo plazo se incrementaron en los seis países fundadores. Siguió la admisión de nuevos miembros hasta constituir la Comunidad con quince naciones. Los mecanismos de absorción y los espacios para la toma de decisiones funcionaron perfectamente. Fue más complicado enfrentar la unificación alemana y la incorporación de diez estados adicionales provenientes del este de Europa, pero parecía que, mediante un proceso más sosegado, podrían ser alcanzados los estándares que se deseaba generalizar.
Todo dependía de la conducción política existente en Alemania y Francia, y durante décadas hubo, en ambos países, dirigentes a la altura de su misión. Era lógico que, como consecuencia de la aventura norteamericana en Irak, una política europea de defensa autónoma y una revisión a fondo de los esquemas financieros mundiales comenzaran a ser articuladas. Pero se dieron cambios de dirigencia en ambos países: En Alemania subió al poder la señora Merkel, quien parecía creer que un país del tamaño del que gobernaba puede darse el lujo de no tener una enérgica política externa y en Francia asumió la presidencia el inefable señor Sarkozy, quien posiblemente creía que el lujo que podía darse el suyo es tener políticas disparatadas en todos los frentes.
En el año 2008 estalla la crisis financiera y pilla a Europa carente de planteamientos de gran visión. En Estados Unidos asciende al poder un gran estadista, aunque quizás lo hace demasiado pronto, los votantes norteamericanos no están suficientemente claros de lo erróneo de los enfoques neoliberales vigentes y de la consecuente necesidad de cambiar a fondo los paradigmas de política económica; el hecho es que ha faltado contundencia a las propuestas que Obama ha formulado para enfrentar dicha crisis. Nos encontramos carentes de liderazgos mundiales ante una depresión económica global que puede agravarse por la agudización de problemas locales.
Al quedar al descubierto la insolvencia en que –en diversos grados- habían caído los gobiernos de España, Grecia, Irlanda y Portugal, salió a flote una debilidad que tiene el euro a pesar de la potencia productiva de su zona de uso. A los países que lo aceptaron como moneda se les había pedido ser democráticos, por lo que sus gobiernos resultaban sensibles a las presiones de sus votantes. Donde la deuda social era mayor, la presión sobre el gasto gubernamental se exacerbaba y los equilibrios fiscales se dificultaban, por lo que era necesario hacer funcionar sistemas de detección serios y oportunos. Creo que tal cosa no se estableció y la crisis surgió casi de súbito. Esto debió ser previsto pues lograr acotar déficits y endeudamientos fueron condiciones autoimpuestas por los estados para acceder al sistema de moneda única. Mecanismos para constituir paquetes financieros de ayuda a países con problemas tendrían que haberse establecido. Los países más solventes –Alemania, Bélgica, Francia y Holanda- debieron actuar con rapidez. El monto del auxilio finalmente acordado hubiera resultado adecuado al principio de la crisis para frenar cualquier tipo de especulación, pero resultó insuficiente después del tiempo que se dejó pasar. Compárese con la rapidez y energía con la que Mitterrand y Kohl tomaron decisiones al caer el Muro de Berlín.
La crisis económica presente exige abandonar los conceptos neoliberales y monetaristas, se debe dejar a un lado el temor a los desequilibrios fiscales, pero ello acarreará otros peligros. Nada se logrará hacer bien sin el concurso de la política y ésta deberá establecer, en diálogo con la ciudadanía, previsiones claras de cómo funcionará, cuáles serán sus límites y que posibles repercusiones a futuro se pueden contemplar.
Por nuestra naturaleza como país, nos resulta imprescindible el asumir posturas propias en base a nuestros intereses y no dejarnos conducir pasivamente por las decisiones tomadas por los norteamericanos, pues las medidas que ellos formulan son para cuidar sus intereses que frecuentemente son distintos, o incluso antagónicos, a los nuestros. Deberíamos buscar la formulación de diagnósticos y posturas de política económica en coordinación con nuestros hermanos del Mercosur o con el BRIC que cada día adquiere una presencia más real. El caso es diversificar apoyos y ampliar nuestra percepción de la problemática.
Digo…si tuviéramos gobernantes.
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