Los festivales y las ferias tienen una justificación: la necesidad de permitir con catarsis colectivas lo que en otro tiempo los ciudadanos satisfacían por medio de la religión y los carnavales. Ya desde el último tercio del siglo XX, en las concentraciones urbanas de México, estas actividades forman parte de una “política social” y cubren la necesidad de garantizar un estado de bienestar para la población: la gente así tratada no reclama ni exige al poder político. Estas actividades masivas, a nivel municipal, adquieren particularidades: durante las administraciones perredistas en Texcoco se celebraron el Festival Nezahualcoyotl, los días del niño, de la madre, del maestro y del adulto mayor.
Estas fueron versiones municipales de las acciones “clientelares” que con cantantes populares realiza el gobierno del Distrito Federal en el zócalo y otras plazas. El Maestro Néstor García Canclini caracteriza dichas acciones como: “...la sumisión de las acciones culturales al lucro empresarial, la consideración de las audiencias casi únicamente como clientes de megaespectáculos… donde los espacios (y los pagos) para los conciertos gratuitos de músicos nacionales y extranjeros de buen nivel (en su momento se presentaron Joan Manuel Serrat y Madredeus), fueron cedidos a Televisa a fin de aumentar la promoción comercial de sus estrellas mediáticas”.
En Texcoco existe una especie de cerrada competencia por ver qué funcionarios hacen peor su trabajo. Entre los del PRI y los del PRD existe una especie de empate técnico y bien puede decirse que las iniciativas “culturales” del actual gobierno municipal son una continuación de las del PRD –ver a la Cultura como entretenimiento y contrarias al espíritu con el cual se hacen leyes y asignan presupuestos para ello–. Por lo pronto, el Rescate de Texcoco sólo consiste en cambio de gente, no de proyectos. Debe señalarse también lo que está atrás de todo festival: el gran negocio para el promotor del elenco; el “bono de popularidad” para los gobernantes en turno; eventualmente, la comisión que se llevan quienes lo organizan por la renta de toda la infraestructura móvil (lonas, escenarios, sillas)…, que regularmente resultan las verdaderas razones para hacer festivales.
En el caso del Festival de Otoño para este 2009, hay que reconocer a la actual administración municipal que hayan modificado el nombre del evento, pues así ya no se asocia más el de Nezahualcoyotl con los de Tatiana, Mijares, La Sonora Santanera, Los Cadetes… Pero a su vez es necesario señalar esa especie de continuidad de una clase política caracterizada por la improvisación de los responsables de la Cultura y la ausencia de un proyecto para el municipio más importante del Oriente del Estado de México y heredero del Poeta Nezahualcoyotl, de sus vestigios arqueológicos, así como de un valioso y diverso patrimonio barroco.
Si bien el término Cultura es el más ambiguo e impreciso dentro de la jerga política, está claro que los recursos públicos destinados a ese rubro deberían servir para proporcionar a los ciudadanos espectáculos distintos a la oferta comercial y enajenante que de sobra se difunde por todos los medios. En la definición de proyectos que se realizan con nuestros impuestos, debería consultarse a la comunidad cultural (de hecho está pendiente la formación de un Consejo Municipal para la Cultura y las Artes) y a las instituciones de educación media y superior de la región, que es donde están los públicos que podrían beneficiarse con ese gasto.
Y desde luego, para todos los festivales del futuro, debería planearse una programación artística que impulse los talentos locales y favorezca su profesionalización para que, algún día, Texcoco sea un destino artístico-cultural acorde con su herencia histórica.
Antes de derrochar el dinero de los texcocanos en frivolidades, hay que pensar en abatir la carencia de infraestructura cultural y apoyar –por concurso– proyectos culturales de calidad.
*Crítico de arte |