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OPINIÓN

Inglaterra*

Por: Jorge H. Bourges Rodríguez


La búsqueda de datos fue motivada por una discusión entre profesores de la División de Economía de la Universidad de Guadalajara, en el plantel de “Los Belenes”. Alguien había planteado que durante el siglo XX había mejorado la distribución mundial de la riqueza. Corría el año de 1995 y 55% de la producción mundial se generaba en seis países, cuando en 1910  el 60% se concentraba en sólo dos.

En efecto, para el último lustro del siglo pasado, Estados Unidos producía el 20% de la riqueza mundial, Japón el 16%, Alemania el 7%, Francia casi el 5%, Italia el 3.5% e Inglaterra un poco menos que esta última. El Reino Unido, la gran potencia del siglo XIX, se veía relegada al 6º lugar.

Han pasado 14 años y la Gran Bretaña ha recobrado dinamismo: no sólo ha rebasado a Italia sino también a Francia. ¿A qué se ha debido este repunte? Hace algunas semanas escuché que dado el aumento de los precios petroleros y siendo los ingleses productores importantes con sus yacimientos del Mar del Norte, ello sería suficiente para explicar su avance.

Creo que la mejor explicación no es esa, pero se encuentra cerca de esa temática. También Noruega se convirtió en el país escandinavo más rico cuando veinte años antes era el más “pobre”. Algo tendrá que ver el petróleo del Mar del Norte para explicar ambos casos. Pero en las economías avanzadas la cuestión no es tan simple, ni sus mecanismos de funcionamiento son tan deformes.

Los ingleses inventaron el mito de la “mano invisible”, pero no son tan pendejos como para dejarse conducir por dicho mito. No toman a pie juntillas aquello de que los gobiernos no deben participar directamente en los procesos económicos.

El gobierno británico posee un importantísimo paquete accionario de la British Petroleum, lo que le proporciona una gran influencia en la toma de decisiones de esa empresa. Ha podido así orientar sus grandes líneas de acción en los mercados internacionales y también le ha permitido articular la expansión de la gigantesca compañía con el desarrollo de muchas firmas de menor tamaño que venden insumos y servicios a aquella, o con otras que utilizan materias primas de origen petrolero.

De esa forma, el despegue del Reino Unido como productor de crudo ha pegado un fuerte jalón a un gran sector de la economía de ese país. No sólo ha servido para meter divisas en sus arcas a lo loco.

Lo anterior no nos suena estrambótico. De hecho, un proceso similar se dio en México entre 1938 y 1976.

En efecto, durante esas casi cuatro décadas la actividad petrolera de nuestro país –a pesar de la declinación internacional del precio real del crudo– permitió la promoción industrial y agrícola de zonas a las que no hubieran llegado ni los combustibles ni la generación de energía eléctrica si tal promoción hubiera quedado al interés –desde luego legítimo aunque corto de miras– de empresas privadas. También implicó el surgimiento de compañías privadas mexicanas coadyuvantes en la explotación primaria, así como las que se abocaron al desarrollo de la petroquímica.

Por supuesto que esto lo escribo en relación con el actual debate acerca de la coyuntura petrolera en que se encuentra nuestro país. Es evidente que con el caso inglés busco subrayar la importancia de que  el gobierno mexicano tenga –con una verdadera visión a largo plazo– el control sobre el futuro desarrollo de nuestro potencial petrolero.

Es cierto que al tomar el ejemplo inglés, –con el que intentamos comparar el caso mexicano– percibimos que al gobierno británico no le fue necesario disponer de la propiedad total de la British Petroleum para tener en sus manos el control de la política petrolera y que esta última ha funcionado en concordancia con los grandes objetivos geoeconómicos de esa nación.

Efectivamente, el caso descrito nos puede inspirar para construir una estrategia mexicana de largo plazo, pero no debemos caer –por enésima vez– en la imitación exacta de lo que se hace en otros países y debemos tener en cuenta las principales diferencias con nuestra situación.

Dos diferencias me parecen importantes. La primera es la legitimidad del gobierno inglés y su clara conciencia acerca de los grandes intereses de su nación. La segunda radica en que nuestro empresariado no se parece al inglés y esto no sólo en relación a su prosapia o a la cuantía de los recursos que maneja, sino en lo relativo a la dependencia sicológica de lo extranjero que es compartida por muchos, aunque no todos, los empresarios mexicanos..

Pero todo esto nos invita a reflexionar si, para utilizar nuestro petróleo como motor para el desarrollo nacional, es estrictamente necesario el ocupar todos los recovecos de su producción por medio de la propiedad absoluta, por parte de Pemex, de todos los entes productivos que participen en el largo proceso que comienza con la prospección y termina con la comercialización de los productos. Asumir el enfoque virginal de cero participación privada en el sector petrolero sería suicida, pero también sería idiota porque desde 1938 han habido empresas privadas coadyuvando en las complejas actividades de dicho sector.

(*) De la serie “VÍRGENES”

redaccion@mirada-regional.com
 
 
 
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