La historia del Arte Occidental registra infinitas referencias para relacionar música y pintura. Estas inician cuando en el esplendor de la cultura griega se identifica a las artes como musas hermanas. Sin duda lo son: sólo que cada una de ellas posee su propio origen, evolución y lenguaje a través de los tiempos.
Si bien son muchos los préstamos e intercambios semánticos entre esas disciplinas –el color sería equivalente a timbre; el calificativo brillante en color equivaldría a lo nítido en música; y de manera inversa, tono y armonía pasarán de la música a la pintura;
Inclusive, existe una correspondencia entre la escala cromática y la clasificación de tonos y semitonos, pero aun así, hay una marcada diferencia entre sonidos y colores señalada en su tiempo por Rousseau, quien decía que los sonidos no pueden identificarse solos, separados unos de otros, tal y como sí sucede con los colores–; para varios autores parecen vanos los esfuerzos por unir música y pintura.
A partir de lo anterior se puede analizar la propuesta multidisciplinaria de John Cossío denominada Historia de la Noche. Ésta resulta equivalente a los diversos intentos realizados en diferentes momentos de la historia y sus logros pueden considerarse similares.
Pese a que el ejercicio más común, que consiste en que un músico intente interpretar con sonidos una pintura o que un pintor plasme en un lienzo su versión de una composición musical, John tiene la virtud de ser el autor de la pintura y de la música. Ya en sus presentaciones se aprecian los límites del ejercicio: en sonido, ¿qué es lo que hace que una composición dure lo equivalente al promedio de un movimiento corto de un concierto?
Al ver directamente algunos cuadros se antojan extensos recorridos en el tiempo. ¿Por qué el recorrido visual por los cuadros se repite?, primero los detalles y al final una panorámica de cada pintura. ¿Por qué el recorrido es a una velocidad y no a otra? En fin, se podrían plantear infinidad de preguntas y parece que para todas ellas hay muy pocas respuestas y sobre todo, que todas apuntarían a una fundamental: estamos ante dos disciplinas artísticas o, quizá como decía Paul Klee, música y pintura viven en épocas distintas y por lo tanto son artes desfasadas.
A decir del mismo John, cada presentación es diferente. En la del 6 de noviembre en Chapingo interpretó y mostró siete improvisaciones para igual número de cuadros. Los nombres de cada uno de estos últimos son los de cada improvisación.
El empleo de la estética del fragmento o close up con el que inician cada imagen e improvisación permite disfrutar de las texturas y volúmenes proyectados en pantalla, pero por el tamaño, éstas (¿éstos?) resultan de baja definición; paralelamente, la música es nítida y a las imágenes –en particular cuando hay diversidad de colores– les falta la contundencia que la música de piano sí tiene.
Sin duda, es imposible para todo intérprete mantener constante la fuerza y expresividad, o quizá imponga cambios para dar variedad de armonías, pero por momentos –inclusive contra la voluntad del mismo John– la música resulta descriptiva y esto orilla al observador a buscar o inventar representaciones figurativas donde no las hay, según un comentario hecho al final.
Pero hay que decirlo, John sí es músico y también pintor, aunque por separado. Como músico, en sus presentaciones hace gala de técnica y oficio. Como pintor lo caracteriza una gran intuición –quizá sea la intuición su rasgo más propio haciendo música o pintando– para resolver un cuadro e inclusive hay que destacar que siendo John un pintor autodidacta, contradice en mucho a otro John, éste de apellido Constable, quien alguna vez dijo que “el problema de los autodidactas es que suelen tener pésimos maestros”. No es su caso, pintando ha sido un buen maestro de sí mismo y está en búsqueda de un estilo propio.
Hay que decirlo: con unos cuantos cuadros de su amplia producción pictórica hasta hoy mostrada, John ocupa ya un lugar al lado de los cuatro o cinco jóvenes pintores que se apartan de la mediocridad plástica imperante en este tiempo en Texcoco y sus alrededores.
Hay que referirse ahora a esa correspondencia entre la música y la pintura de John Cossío. No hay contradicción con lo antes dicho: en sus mejores cuadros y en pasajes importantes de su música, a John se le puede identificar como abstracto; pero también se puede apreciar –como ocurre con prácticamente todos los creadores de entre el último tercio del siglo XX y lo que va del XXI– la herencia de las vanguardias artísticas, tanto en música como en pintura; de las escuelas, los sistemas de enseñanza o las obras de compositores y pintores consagrados, en donde John Cossío ha abrevado.
A ello hay que agregar la poesía lírica de varias latitudes, de la cual John es buen lector y cuya influencia ha dejado una profunda huella sobre todo en su producción pictórica. Es decir: al ver y escuchar la producción de John Cossío sí se puede apreciar cómo “se entrecruzan y se comunican a través de metáforas” las diversas raíces, fuentes y referencias de la estética johncossiana, que en mucho por separado, y poco en sus “espectáculos interdisciplinarios”, podemos gozar.
*Crítico de arte |