Construir un prestigio implica grandes dosis de trabajo acumulado, de conocimiento, de paciencia y, desde luego, de ánimo por trascender.
Mantener una buena fama implica agregar otros ingredientes al prestigio, como son la voluntad constante y algo que ha sido tratado como un tema esencial desde los más antiguos tiempos: el respeto por los que todos llamamos “nuestros mayores”. La veneración por los ancestros, la lealtad a sus conductas es, en verdad, terrible compromiso.
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Jorge de Haro, vida, familia y amistades en torno del toro bravo. En la foto, con su esposa, con don Juan Silveti y sus retoños. |
No falta quien considere como un acto hostil aludir al ejemplo de los padres y abuelos. Hay quien pide para ellos respeto y punto. Esto nos lleva a pensar también en los casos contrarios: en los de quienes dilapidan el esfuerzo y el buen nombre de sus progenitores. Pido perdón a todos los lectores por la manera de señalar, pero la cuestión de los prestigios ganados y después sostenidos a lo largo de una línea familiar son propicios para ejemplificar respecto de lo mejor, pero también de su contrario.
Las comparaciones, dicen, son odiosas y en ocasiones conducen a notorias injusticias. Pero no podemos soslayar que la vista de quienes amamos la fiesta brava debe desparramarse, por estricto anhelo de justicia, de un lado al otro del horizonte taurino.
El suelo español es nuestro referente esencial, lejano sólo en lo geográfico, pero cercano siempre en los corazones de toda Iberoamérica. En las ibéricas tierras hay una ganadería que ha mantenido su prestigio a través de siglo y medio. Se dice pronto, pero la dehesa fundada por don Juan Miura representa un prestigio que sus descendientes han cuidado y siguen cuidando con gran celo.
En el suelo mexicano la cabaña brava tiene referentes geográficos y familiares que conducen al estado de Tlaxcala y al buen nombre de clanes que se empeñaron hace más de 150 años y hoy se siguen esforzando por mantener muy en alto un estandarte por el que cruzan no sólo las historias familiares, sino también una gran suma de orgullos que van más allá de los lazos del parentesco o de la simple vecindad. Las historias escritas por los señores y las señoras de las familias González y Madrazo provocan la admiración y satisfacción en todos los aficionados de nuestro país. Fueron y son troncos vigorosos cuyos renuevos siguen conquistando un sitio en el mundo taurino.
Cierto es que la tierra de Xicoténcatl es la entidad federativa más taurina de la república mexicana. Lo es por su historia, pero también por su presente.
Hoy, las leyendas construidas por las más importantes familias ganaderas de Tlaxcala son continuadas por sus descendientes.
Es el caso del ganadero Jorge de Haro González: hijo de los ganaderos doña Martha González y don Manuel de Haro; nieto de don Romárico González, fundador en 1908 de la también tlaxcalteca ganadería La Laguna, y sobrino bisnieto de don José María González, fundador de la ganadería de Piedras Negras. Y aún más atrás encontramos a don Mariano González Fernández, padre de don José María, y primero del ilustre apellido que incursionó en la ganadería brava desde el año de 1856.
La familia González representa, pues, un prestigio ganadero por arriba de sesquicentenario. Hoy, el prestigio sostenido que da el apego litúrgico a la crianza del toro bravo lo encarna el ganadero Jorge de Haro González, en la doble vertiente por donde corre su vida generosa: como criador de toros bravos que lidia con su propio nombre, pero también como presidente de la Asociación Nacional de Criadores de Toros de Lidia.
Jorge de Haro, el ganadero, el dirigente, el hombre de hondo compromiso con sus mayores, con sus pares ganaderos y consigo mismo, recibió la Medalla Presidencial al Mérito Ganadero, en reconocimiento a su esfuerzo constante en pro de la ganadería mexicana.
Vaya desde esta modesta tribuna un sentido reconocimiento a don Jorge de Haro González. Muchos triunfos le siguen esperando. |