¡Vive Dios, que me espanta esta grandeza!
Miguel de Cervantes, frente al túmulo
al rey Felipe II.
No es la primera vez que el torero de Galapagar, madrileño pues, José Tomás, es gravemente lastimado por los toros. El abril de Aguascalientes es memoria de otra herida.
Le ha sucedido en México lo mismo que en España: su seriedad, su enorme sentido de la responsabilidad y su respeto por la fiesta brava lo han puesto en los cuernos de la luna. Pero para ello, primeramente ha debido pasar por los cuernos de los toros y, desde luego, teñirlos con su sangre.
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Los aficionados a la tauromaquia, si en verdad lo son, tienen gran aprecio por el toreo quieto de José Tomás; valoran en alto grado al diestro que ha hecho de su nombre una sinonimia de “profundo compromiso”.
¿De dónde sacan los grandes toreros esa serenidad frente a animales que saben que los pueden matar? ¿De qué fuente mana ese timbre silencioso pero estentóreo que tiene lo estatuario?
¿Cómo es que pueden mantener tanta voluntad frente al misterioso vacío de la muerte?
Para ninguna de las tres preguntas que expresan mi estupor ante su grandeza encuentro respuesta; |
La voluntad... el profundo compromiso. |
simplemente digo que toreros como Rodolfo Gaona, Carmelo Pérez, Manolete o José Tomás me aterran y me maravillan. Todos ellos personifican la frase que encierra la esencia del latir torero: tuvieron, los que ya se fueron, y tiene José Tomás, más miedo al ridículo que a la muerte.
Un distinguido amigo y gran taurino sugirió incluir en este grupo a David Silvetti. Coincido con él en que el hijo de don Juan fue un gran artista, que tuvo un gusto exquisito en su tauromaquia. Pero, a diferencia de los tres primeros y a diferencia de José Tomás, su toreo, que admiro y no menosprecio, era, más que quietista, encimista.
Hace apenas unos días me sorprendió escuchar una crítica al quehacer taurino de José Tomás ¡“por quedarse demasiado quieto”! No cabe duda que en medio de una grey extraviada y aturdida, sólo quienes llegan a oficiar como sumo pontífice se mantienen firmes y naturales en el ejercicio de su ministerio.
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La apasionada entrega... (Pepe Alameda). |
Encuentro en las palabras del crítico taurino hispano José Carlos Arévalo un principio de explicación, una aproximación al estado de arrobamiento que los grandes toreros provocan en quienes los admiramos: “el hombre joven no cree en la muerte…y algunos toreros, por jóvenes y por valientes, no creen en ella. Y son héroes, son capaces de hacer: que el manso con genio defensivo, obedezca; que el pavor colectivo se trueque en clamor estético; que la tragedia sea victoria y no derrota; que donde hay muerte haya fiesta. Una inmolación al arte de torear”.
Arévalo, quien es director de la prestigiada revista 6TOROS6, logra dar feliz expresión al hacer de estos elegidos: es muy cierto que en sus lances, en sus miradas, en sus reverencias ante la divinidad y ante el público en plaza hay mucho de inmolación, de sacrificio, de generosidad.
Forman legión los toreros que, una vez llegada la fortuna, respetan más a su hacienda que a su fama. No es el caso de José Tomás, que tarde a tarde sigue ofreciendo lo mejor de su arte y sigue ofrendando su persona. Testimonio de grandeza.
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