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OPINIÓN

Juárez: un ser humano

Por: Jorge H. Bourges Rodríguez


Cuando salió a la venta el tequila “Corralejo”, hubo quien protestó porque en la etiqueta de dicho producto aparecía la firma del cura Hidalgo. Es posible que El Padre de la Patria no se hubiera ofendido, pues, así como supo morir por una causa, era un hombre que sabía disfrutar lo bueno de la vida: libros, tertulias, viandas, vinos…y mujeres.

Entre los dichos sabios que a nuestras abuelas les gustaba repetir, figura aquel de que “El santo al que le arriman mucho copal termina tiznado”. En la enseñanza de la Historia Patria, se describe a nuestros héroes como seres dotados de todas las virtudes y ajenos a cualquier defecto. Lo malo es que, cuando el educando encuentra que algo de eso es falso desecha la totalidad; los datos falsos y también los verdaderos.

Las hazañas de lo santos siempre nos van a parecer imposibles de emular porque a nosotros nos es ajeno ese estado de gracia. En cambio, siempre nos sentiremos invitados a realizar esfuerzos parecidos a los que llevaron a cabo personajes que fueron semejantes a nosotros.

Los mexicanos estamos viviendo tiempos difíciles y muy confusos. Necesitamos la inspiración de mujeres y hombres que supieron enfrentar los suyos y que eran, en principio, seres tan comunes como nosotros.

La figura de don Benito Juárez es suficientemente rica e inspiradora; los mexicanos no estamos carentes  de faros morales. Sin embargo, nos conviene humanizar primero a este ser ejemplar y reflexionar con profundidad acerca de lo que nosotros mismos habríamos hecho en las circunstancias que él vivió. Como parte de este proceso de rehumanización, debemos aceptar e incluso imaginar sus posibles debilidades personales.

Don Benito amó profundamente a su esposa; prueba de ello es el escaso tiempo que sobrevivió a la muerte de doña Margarita. No obstante, nos resulta difícil aceptar que soportó “en ayunas” su largo peregrinar por el país en medio de fuertes tensiones y peligros físicos. Habiendo nacido y crecido en Oaxaca, deberemos imaginarlo brindando, en ocasiones merecederas, con el excelente mezcal de esa bella región. Acto seguido, debemos situar a este hombre de carne y hueso en el escenario de las ominosas circunstancias históricas que nuestro país vivió durante la primera mitad del siglo XIX.

La guerra de independencia fue muy larga y destruyó muchas de las capacidades productivas del país. Hay que considerar que la lucha fue inconclusa por su falso y desilusionante desenlace. A partir de que esta debilidad se hizo evidente, nuestro país se convirtió en objeto de las ambiciones expansionistas de varias potencias.

Después del fracaso de 1847, un profundo desánimo fue la nota principal del sentir nacional. Se pensó que había que desandar la ruta y que lo mejor a lo que podríamos aspirar era a lograr un status conveniente de protectorado semicolonial.

En medio de esta situación, Juárez tomó decisiones personales muy difíciles. Siendo un católico convencido –incluso había estudiado parte de la carrera eclesiástica- abrazó las ideas liberales. Habiendo alcanzado la acomodada y prestigiosa profesión de abogado, optó por la lucha política a favor de sus ideas.

Podemos dividir la etapa estelar de la participación política de Juárez en tres períodos: el primero de 1857 a 1862, el segundo de 1862 a 1867 y el último de 1867 hasta su muerte en 1872.

En 1857 los conservadores amenazan al presidente Comonfort para evitar la aplicación de la Constitución; este “se raja” y don Benito debe asumir la titularidad del poder ejecutivo, y todo sucede durante tiempos en que la presidencia no es una posición brillante sino una trinchera presagiante de grandes sacrificios. En efecto, se inicia así la sangrienta Guerra de los Tres Años.

En el examen de este período no debemos esquivar sino, por el contrario, analizar la firma del tratado Mc Lane – Ocampo. Es cierto que dicho tratado no concede a los norteamericanos más de lo que ya se les había otorgado en el de Guadalupe Hidalgo en 1848, pero tiene el defecto de rejuvenecer la cuestión y de actualizarla una década después. Es una muestra de la desesperación y del encono asociados a la lucha. También nos indica que los líderes liberales aún no habían superado la sicología de pesimismo y desánimo que señalamos párrafos arriba.

Los conservadores fueron derrotados, pero insistieron gestionando la intervención de Francia y concibiendo el disparatado proyecto de coronar a Maximiliano como emperador de México. Se inicia la guerra contra la intervención y en este período ocurren hechos luminosos.

Los líderes políticos y militares del liberalismo deciden enfrentar al ejército más afamado del mundo y lo derrotan el 5 de mayo de 1862. Es cierto que, tiempo después los franceses toman Puebla y las principales ciudades del país, pero esta victoria inicia un cambio en el enfoque pesimista con el que veíamos nuestra relación con otros países. La noticia corre por todo el territorio nacional y despierta en los mexicanos una esperanzada decisión de enfrentar la invasión. No obstante, la lucha es muy difícil y el gobierno de la República es casi derrotado. Cuando el presidente Juárez se encuentra acorralado en Paso del Norte, en una luminosa expresión de fe, expresa su seguridad de que la reacción no triunfaría porque estaba moralmente imposibilitada para hacerlo. Este tipo de convicciones deben ser consideradas para explicar los acontecimientos posteriores. La moral del ejército y la guerrilla mexicana era elevadísima y ahora sabemos que la moral de las fuerzas francesas era muy baja. Finalmente, la República triunfa. En su Manifiesto a la Nación, don Benito Juárez otorga perdón a los mexicanos que colaboraron con el invasor y formula planteamientos de gran futuro. Dicho documento constituye un acta de refundación para nuestra Nación.

El tercer período tiene rasgos tristes. Don Benito muestra desgaste personal, agudizado por su viudez, pero también manifiesta un gran desgaste político. La legitimidad de su última reelección es muy cuestionable y reprime duramente inconformidades de algunos grupos indígenas y sectores militares. En descargo, podemos pensar en el miedo que se tenía de volver a perder la paz que por fin se disfrutaba, después de 60 años de violencia casi ininterrumpida.

Como acotaciones finales, quiero llamar la atención acerca de que este gran hombre no manifestó sentimientos de envidia o celos personales, pues conformó su gabinete con los hombres más brillantes de nuestro país, aunque no le fueran incondicionales. Además mantuvo el equilibrio entre los grupos que planteaban un futuro desarrollo económico basado en la promoción del mercado interno y aquellos que querían basarlo en las exportaciones…polémica que aún continúa.

redaccion@mirada-regional.com
 
 
 
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