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TOROS
¿Se nos muere la fiesta?
Por: El Niño del Coso  
Fotos: Víctor Esparza

Malos aires soplan para cualquier religión cuando su principal sede deja de tener importancia.

Tiempos de borrasca viven los oficiantes y los feligreses de cualquier culto cuando su templo mayor deja de concitar los fervores que le confirieron su catedralidad.

Es franco signo de alarma que las capillitas reciban más peregrinos que el principal sitio de adoración.

Plaza de Toros
La plaza que espanta... al público

A muchas personas les podrá parecer una exageración que arranquemos este artículo con consideraciones que podrían considerarse propias sólo para el fenómeno religioso. Pero es que el toreo, la fiesta brava, tiene mucho de culto, tiene sus propios milagros, y cuando alguno de sus mayores oficiantes se prodiga en el albero produce comuniones multitudinarias.

Imposible no recordar con dolor los tiempos heroicos y, al parecer, idos para no volver, en que la plaza México era simple y sencillamente el coso tutelar en este país.  La plaza que da y quita, como se dice entre los toreros. Una tarde de lleno hasta el reloj hacía olvidar las inclemencias del tiempo con el sólo ambiente que se formaba ya en los tendidos, ya en la zona general. Si la actuación de los diestros era redonda, aquella tarde en el embudo de Insurgentes se convertía en algo inolvidable.

Una corrida bien presentada, acompañada de carteles confeccionados con imaginación y buen gusto, era convocatoria más que suficiente para que los taurinos acudieran, consumieran en los puestos de comida aledaños a la plaza o en negocios establecidos, como es el caso de "Los Villamelones", por citar algunos de los más recientes. El caso es que ir a la plaza México con la familia, con la novia, con los compadres o con los amigos era un intenso placer frecuentemente practicado. Además, se han ido también los tiempos en que todo mundo se sabía la letra de los pasodobles y en que, la mayoría de la muchachada aspiraba a ser torero.

Plaza de Toros
Faena completisima, que mereció salir en hombros

Hoy, el conocimiento de los pasodobles es cosa de abuelos y son muy, pero muy pocos, los que quieren ser toreros. Son más los juniors a quienes sus papás les pueden comprar el traje, pero nada más. Vaya, sólo para la foto.

Y parece que el futuro de la fiesta brava en nuestro país ya no pasará por la plaza que lleva su nombre: la plaza México. Se ha dejado oír la versión de que podrían demolerla para construir un gran centro comercial. Hace unos años, a cualquiera que hubiese tenido la ocurrencia lo hubiéramos tildado de loco. Pero después de ver la entrada que registró nuestra plaza el pasado domingo 23 de agosto, el ánimo se viene abajo. La novillada, quinta de un serial interrumpido arbitrariamente por el empresario, fue un espectáculo deprimente. A lo sumo, llegaron unos 1500 aficionados. Y cuando en las plazas de primera importancia hay más moscas que gente, es preciso reconocer que la fiesta está parada justamente frente al precipicio. Sin gente, ¿qué puede valer un triunfo?

Estimados lectores: presentamos a ustedes las gráficas que nuestro fotógrafo de lujo Víctor Esparza captó en esa ocasión. Y ustedes dirán si no es para preocuparse.

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