Abriendo al azar un libro sobre arte español, surgen de repente unas nalgas divinas. Divinas por pertenecer a la diosa Venus, pero también por la inefable belleza que su genial pintor logra plasmar. La suavidad de la carne y la tersura de la piel surgirán como una sensación viva en la mente de cualquier varón que haya desarrollado alguna destreza en aquello que hace algunas décadas llamábamos “hacer cerebro”; este caballero habrá de compartir su embeleso con la propia diosa, pues ella se contempla a sí misma mediante un espejo. Se trata de la “Venus del espejo”, lienzo espléndido y de estructura muy sofisticada, como todos los que pintó Diego Velázquez.
Animado por el hallazgo, busco otros cuadros con desnudos realizados por el mismo pintor. No los encuentro. Topo con algunas nalgas, pero son de caballos. Dos de los trabajos así localizados son muy significativos.
El primero es el retrato ecuestre del Conde-Duque de Olivares, mecenas de Velázquez y hombre fuerte de España durante el reinado de Felipe IV. El pintor se sitúa atrás y a la izquierda. El caballo está en posición rampante. Su jinete porta armadura desde los hombros hasta la cintura y un sombrero muy vistoso. Ha volteado hacia su izquierda, logrando que su semblante se vea majestuoso y no exprese la obcecación de que tuvo fama. Durante las décadas que gobernó el reino español, condujo a su país a importantísimas victorias militares… y a la ruina económica. El proceso de declinación había comenzado con las conquistas en América, pero su belicosidad lo llevó al extremo.
El segundo es “la rendición de Breda” y guarda para la posteridad uno de esos triunfos; este significó un tropiezo –grave, pero no definitivo- para la larga lucha de los holandeses en pos de su independencia. Después de un largo asedio, el ejército de ciudadanos de Breda capitula ante las poderosas fuerzas españolas. Poderosas, pero onerosas en muchos sentidos Es el tiempo en que uno de cada tres jóvenes hispanos son sacados de la vida productiva para tomar las armas: son los temibles y temidos “tercios españoles”. Además, el contingente es complementado por costosos mercenarios y de hecho todas las fuerzas están comandadas por Spínola, un condotiero italiano. En la escena, este último recibe la espada del jefe holandés y la enorme grupa de su caballo deja claro de que lado se encuentra la fuerza.
Días después, una amiga me indicará que la “Venus del espejo” es el único desnudo que pintó Velázquez: la vida está reprimida, la muerte avanza campante.
Ya con la mente en los Países Bajos, y recordando erróneamente a Holbein como holandés, tomo un libro que lleva ese nombre en el lomo. No a la primera, pero si después de hojearlo un poco, aparece un retrato de Erasmo de Rotterdam situado de perfil. Impresiona la actitud serena y reflexiva expresada en el cuadro. Erasmo siempre fue un rebelde frente a la rigidez filosófica e institucional de la Iglesia Católica, pero alcanzó a vislumbrar la terrible violencia que acarrearían las guerras religiosas. Es amigo de Tomás Moro, pero también de Lutero, y se esfuerza por tender puentes filosóficos y políticos entre las facciones que ya están afilando los cuchillos. En el largo plazo sus aportaciones intelectuales tendrán consecuencias positivas, pero en el corto resultan inútiles: la violencia estalla y recorrerá Europa durante más de un siglo.
Mejor busco un libro específico de pintura flamenca y holandesa. Mi paciente espera de desnudos se ve recompensada con las deliciosas gorditas de Rubens y, ya con el optimismo reanimado, llego al capítulo de Rembrandt. Veo muy contento a este genial artista en uno de sus muchos autorretratos: una expansiva sonrisa anima su rostro al tiempo que brinda con una copa en lo alto y tiene a su mujer sentada sobre sus piernas.
Seguramente que, a pesar de lo grueso de sus vestimentas, alcanza a sentir sus generosidades anatómicas. Más adelante encuentro a Betsabé desnuda y, fijándome en sus pechos, me parecen atinadas las palabras de cierto expresidente que recomendaba “arriba y adelante”. Luego me detengo en una pintura que sólo es lúgubre en primera apariencia: se trata de la “reunión del gremio de los pañeros”. Estos primitivos burgueses están vestidos de negro, pero sus rostros están relajados: si hubo alguna bronca durante su reunión, esta ya fue subsanada. Los comerciantes se entrenan en el arte de llegar a acuerdos pactando con cierta generosidad en cuestiones de poca monta y así acceden a una cultura que facilita el surgimiento de la democracia, pues el funcionamiento de esta requiere que los ciudadanos tengan disposición y habilidad para convenir en colectivo las concesiones y ventajas que dejen a todos satisfechos.
Me quedo cavilando cómo, en los siglos posteriores, Holanda fue construyendo una sociedad avanzada mientras España fue entrando en un largo invierno, el cual fue especialmente tenebroso de 1936 a 1975. El decir y el hacer de los energúmenos determinaba la acción práctica de las formaciones políticas. Se llegó a considerar como fatalidad propia de los países de cultura hispánica el que sólo podrían funcionar bajo regímenes autoritarios.
Después del año 1975 una nueva generación de políticos, de diversas ideologías, fue llegando a la vida española. Sus miembros actuaron con generosidad, quitando de sus mentes mutuos agravios pasados de difícil olvido. Así llegaron a acuerdos tan vastos que han transformado a su país en una democracia avanzada y en una economía poderosa.
También en Iberoamérica han ocurrido cosas espectaculares: dos mujeres, un indígena, un ex obrero y un ex sacerdote ocupan las presidencias de sus respectivos países; pronto lo hará también un exguerrillero.
¿Y nosotros?
Pues aquí… inventándonos una guerrita. Los violentos se van convirtiendo en los grandes personajes de nuestra sociedad.
Existe una plaga de moscas y, efectivamente, son muy dañinas. El valor para combatirlas a balazos puede parecer épico, pero necesitamos asumir la prosaica valentía de ir a tapar el bote de la basura.
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