El doctor Pablo Latapí Sarre, distinguido catedrático universitario, investigador internacionalmente reconocido por sus aportaciones en torno a la problemática educativa, falleció este martes 4 de agosto.
Pensador de altos vuelos, patriota y universitario, el doctor Latapí fue descrito por el secretario de educación pública como “fundador de instituciones educativas, escritor infatigable y crítico independiente de la política educativa”. Pero la descripción del funcionario se queda corta, pues pasa por alto el hecho de que Latapí fue un defensor apasionado de la educación pública.
Recipiendario de múltiples distinciones otorgadas por prestigiosas universidades y centros de estudio, el doctor Latapí fustigó, desde sus ocho décadas, con elegantes argumentos y sólida fundamentación, los mitos creados en torno a la calidad de la educación y a la imposible “excelencia” que postulan los voceros del neoliberalismo para invitar a los estudiantes a aplastar a sus congéneres.
En septiembre de 2007, dos años antes de que el sistema financiero mundial reventara por la acción predatoria de sus principales beneficiarios, el doctor Latapí recibió el Doctorado Honoris Causa de la prestigiosa Universidad Autónoma Metropolitana de México. Su discurso es no sólo una bella pieza oratoria; sus conceptos, plenos de significado, se irguieron poderosos ante la grosera superstición de que el mercado debe ser servido por las universidades públicas. Con el filoso bisturí de su conocimiento profundo, Latapí diseccionó la farsa que desde el gobierno de Carlos Salinas de Gortari le fue impuesta a la educación mexicana. A continuación presentamos a los lectores de Mirada Regional una síntesis de su alocución (visible en http://firgoa.usc.es/drupal/node/41948).
Me propongo compartir con Ustedes algunas reflexiones sobre los riesgos que enfrentan hoy las Universidades mexicanas. No todos estarán de acuerdo con ellas, desde luego –la Universidad es una institución hecha para la disidencia…
Las Universidades del país viven hoy transiciones difíciles…Se les exige calidad, se las obliga a modernizarse, a ser eficientes, a preparar los cuadros que requiere el mercado, a desarrollar una cultura empresarial, a innovar en sus métodos pedagógicos y en sus procesos de gestión, a evaluarse y acreditarse sobre bases sólidas….
1.- El objetivo de la “excelencia”
Permítanme decirles que considero este ideal de la excelencia una aberración… excelente es el que “excellit”, el que sobresale como único sobre todos los demás, en la práctica el perfecto… “La perfección no es humana… Vivimos unos cuantos instantes espléndidos para regresar a la comprobación reiterada de que el Bien absoluto nos queda grande. Por esto es buena la historia y son buenos los clásicos: nos acercan a la maravilla de nuestra imperfección consustancial”.
No demos, por tanto, medallas de excelencia a nadie; esas medallas ocultan muchas veces un corazón perverso…Formemos a nuestros estudiantes en la realidad. Invitémoslos a desarrollar su autoestima y a ser mejores y a madurar, pero asumiendo siempre su riesgosa condición humana, y a estrechar lazos solidarios con todos, sobre todo con los más débiles.
2.- La definición de calidad de la educación
…Las Universidades de todo el mundo, también las nuestras, están hoy presionadas por la exigencia de calidad…Algunos identifican esta con los resultados que obtienen los estudiantes en sus exámenes y juegan con las estadísticas, e incluso se complacen en establecer ordenamientos engañosos de instituciones o programas.
A mí me preocupa, primero, que se confunda la calidad con el aprendizaje de conocimientos... Me preocupa también que se establezcan comparaciones de escuelas o instituciones que ignoran las diferencias entre contextos o las circunstancias de los estudiantes, a veces abismalmente distintas. Y me preocupa sobre todo que la calidad educativa se confunda con el “éxito” en el mundo laboral…
Es una perversión inculcar a los estudiantes una filosofía del éxito en función de la cual deben aspirar al puesto más alto, al mejor salario y a la posesión de más cosas; es una equivocación pedagógica llevarlos a la competencia despiadada con sus compañeros porque deben ser “triunfadores”. Críticas semejantes habría que hacer al concepto de “líder” que pregonan los idearios de algunas Universidades… Una educación de calidad, en cambio, será la que nos estimule a ser mejores pero también nos haga comprender que todos estamos necesitados de los demás, que somos “seres-en-el-límite”, a veces triunfadores y a veces perdedores… hablando como educador, creo que la calidad arranca en el plano de lo micro, en la interacción personal y cotidiana del maestro con el alumno y en la actitud que este desarrolle ante el aprendizaje.
…mis educadores me transmitieron estándares y, además, me incitaron a compararme con esos estándares, a comprender que había algo más arriba, que yo podía dar más, o sea, me ayudaron a formarme un hábito razonable de autoexigencia… Una educación de calidad es, por tanto, para mí, la que forma un hábito razonable de autoexigencia. … una educación de calidad no es inventar cosas extravagantes (como llenar las aulas de equipos electrónicos o multiplicar teleconferencias con Premios Nobel), sino saber regresar a lo esencial. Un ejemplo: un cuaderno de composición de Español, corregido con lápiz rojo, en el que el profesor explica el porqué de cada corrección, está transmitiendo “estándares de superación” … y lo motiva para exigirse más.…
…la educación es en esencia un proceso de interacción entre personas, y … la calidad depende decisivamente de la del educador… los educadores sólo transmitimos lo que somos, lo que hemos vivido: algo de sabiduría y algunas virtudes venerables que no pasan de moda: un poco de compasión y solidaridad; respeto, veracidad, sensibilidad a lo bello, lealtad a la justicia, capacidad de indignación y a veces de perdón; y algunos estímulos para que nuestros alumnos descubran su libertad posible y la construyan.
Es poco; pero si los jóvenes y las jóvenes recogen estas enseñanzas y si además se toman a sí mismos con sentido del humor, podrán cumplir decorosamente con el cometido de convertirse en hombres y mujeres cultivados.
3.- El conocimiento del que se trata en la “sociedad del conocimiento”
Se propone hoy a las instituciones de enseñanza superior asumir el paradigma de la “sociedad del conocimiento”… Pero no se especifica cuál es ese conocimiento; se da por entendido que se trata del necesario para conquistar los mercados, o sea el conocimiento práctico, aplicado, el vinculado a la economía, el que produce innovaciones rentables y asegura el éxito en la competencia.
Las Universidades no existen sólo para crear y promover el conocimiento económicamente útil sino todas las formas de conocer que requiere una sociedad…
La Universidad no es un apéndice de la empresa... [y] debiera ser un baluarte contra el devastador proceso de comercialización total al que está llevando la entronización del mercado… Hoy se consideran mercancías muchos bienes primarios que condicionan la existencia; se vende el agua que nos es indispensable y viene del cielo… pronto seguirán el aire y el sol…Todo se vale para vender porque toda venta hace avanzar al capital… La cultura de la mercancía va modificando nuestros valores, la conciencia de lo que somos y aun la memoria de lo que fuimos… [la] plenitud humana requiere, a veces, apostar a una incertidumbre o saltar al ámbito de la generosidad, que por definición está fuera del mercado…
Ante este intento mundial de convertirnos a todos en mercaderes, la Universidad, creo, tiene una misión: no dejarse llevar acríticamente por el juego de las complicidades del mercado, sino alertar contra los abusos de este proceso: las rapacidades que están acabando con la naturaleza y con el planeta y amenazan la maravilla de la vida, las perversiones psicológicas de la publicidad, el poder incontrolado de la TV, y –lo que está en el fondo de todo esto- el afán de lucro por arriba de todo. La Universidad debe promover el rescate de nuestra humanidad disminuida.
4.- Romper la prisión del conocimiento racional
Las Universidades son los templos de la razón…en ellas se enseña a pensar y se hace ciencia… se destruyen prejuicios irracionales… La educación, para mí, ni empieza ni termina en los territorios de la razón.
Lo mejor de la educación que yo recibí –y creo haber recibido una educación intelectualmente exigente- fue precisamente lo no-racional, la apertura a dimensiones humanas que considero esenciales: el mundo simbólico y artístico, el ámbito de lo dionisíaco, el orden de la ética que fundamenta la dignidad de nuestra especie, y el de las virtudes humanas fundamentales, sobre todo el respeto a los demás y a la vida.
Esto nos lleva también a considerar críticamente el concepto de ciencia que prevalece en la Universidad contemporánea, concepto exitoso por los avances vertiginosos de las ciencias y de sus aplicaciones tecnológicas, pero peligroso si se absolutiza como el único conocimiento válido.
Debe hacerse ciencia siguiendo sus reglas y métodos, pero sin olvidar que la verdad científica, siempre provisoria, no rebasa la validez de sus métodos. Es importante tomar conciencia de lo que sabemos pero también de lo que no sabemos…Es mala la ciencia que destruye el asombro, esa actitud presente en los grandes científicos que suelen ser modestos, alejados de la autosuficiencia, habituados a dudar y a admirar, callar y contemplar…
… al conocimiento científico que busca explicaciones, hay que añadir el “conocimiento cultural” que busca significados. .. Por esto la mente humana tiene una naturaleza diferente de la de la computadora más perfecta… Su función distintiva es comprender, más allá de la función del conocimiento científico que es explicar.
…Los educadores proclamamos que no ha llegado el fin de la historia; que esta está siempre reiniciándose; que sí hay otras alternativas y que nos toca crearlas. Por esto continuaremos corriendo tras nuestras utopías y experimentando los riesgos de nuestra precaria libertad, que son formas de decir que seguimos teniendo esperanza. |