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La Última Orilla

¡Señor gobernador, que se le cae la tienda!

Por: Alberto Raúl Macías
Texcoco, Méx., a 4 de agosto de 2010.-  Pareciera que el año de 1988 quedó lejos, pero los 22 años transcurridos entre la elección de aquel 6 de julio y nuestros días son casi nada. Fue el año en que el mundo se le vino encima al PRI, a nivel nacional y en cada estado. En el estado de México, los priístas no podían creer que Cuauhtémoc Cárdenas le había ganado a Carlos Salinas.Por esa derrota cayó Mario Ramón Beteta del gobierno del estado.
Peña ve los resultados de su partido como El Chorrito: se hacían grandotes, se harán chiquitos.

Lo sustituyó Ignacio Pichardo Pagaza, quien en 1993 le entregó el poder a Emilio Chuayffet.

Chuayffet emigró a la Ciudad de México, llamado a la Secretaría de Gobernación por Ernesto Zedillo, tras asegurarse de que el congreso mexiquense invistiera como gobernador a su colaborador César Camacho Quiroz, quien antes había ocupado la alcaldía de Metepec.

Tocó a César Camacho aguantar la segunda cornada que la oposición (tanto panista como perredista) le dio al siempre soberbio poder central del estado de México. Por ese descalabro se llegó pensó en la caída del propio Camacho, pero para ese momento el PRI ya no tenía la seguridad de poder gobernar sin contrapesos.

Después de los campanazos electorales de 1988, 1990 y 1993, el priísmo se percató de que su votación se había reducido de manera considerable. Por ello, impuso en el Código Electoral local dispositivos legales que le ayudaran a aliviar las incomodidades surgidas del voto, esa expresión ciudadana que le ha metido un susto lo mismo a presidentes de la república que a caciques de todos los niveles, desde gobernadores hasta machos de barriada.

El PRI quiso protegerse del electorado con una mentira que aterrizada en el mundo del derecho se llama candado de gobernabilidad.  Es una ficción jurídica, un procedimiento mediante el cual, por mandato de la ley, se toma por verdadero algo que no existe. En el caso que nos ocupa, consistió en que al partido que sumara el 42% de los votos para conformar la legislatura local se le adjudicarían los diputados suficientes para que tuviera la mayoría de las curules. Aritméticamente, la fórmula sería: 42% es igual a 51%. O también se puede decir que el candado de gobernabilidad es del 9 por ciento.
Así, la voluntad ciudadana se tuerce para darle a un partido los diputados que el voto no le dio. Posteriormente, las reformas políticas impulsadas desde el ámbito federal dieron lugar a la llamada proporcionalidad pura en la representación popular (que eso es la Cámara de Diputados), de manera tal que ningún partido tuviese un porcentaje de diputados mayor al porcentaje de votos obtenido.

Aunque se alegue que tal procedimiento es útil para lograr la construcción de mayorías camerales y, por lo tanto, la gobernabilidad del congreso, la explicación real de semejantes engendros es el miedo de los gobernantes a perder el control de los poderes legislativos.

En 1996 la sorpresa para el PRI del estado de México fue mayúscula, pues no alcanzó el 42% de la votación. El entonces presidente del Consejo General del Instituto Electoral del Estado de México (IEEM), Samuel Espejel Díaz González, hizo su primer gran desfiguro para tratar de otorgarle al PRI los diputados que la ley y los votos no le habían dado. Años después (ver para creer), este señor fue presidente del Tribunal Electoral del Estado de México.

Las reformas electorales surgidas en el ámbito federal fueron un enérgico jalón modernizador en los estados, pues los congresos locales adoptando criterios semejantes impusieron el principio de representación puramente proporcional, es decir, que si un partido tenía el 30% de la votación sólo tendría derecho a que se le adjudicaran diputados equivalentes al 30% de la totalidad de los legisladores.

Bajo este esquema el partido gobernante en el estado de México pasó los tragos amargos que los electores le sirvieron en la legislatura 2006-2009, pues sólo tuvo 19 de las 75 diputaciones, una menos que las alcanzadas por el PRD, razón por la que maniobró descaradamente para sumar a dos diputados del partido Verde Ecologista de México y así, con 21 curules, se convirtió en la primera minoría de esa, digámosle,  porque así le dicen, soberanía.

Uno hubiera imaginado que el PRD (con sus 20 diputados) y el PAN (con 18 legisladores) le darían la vuelta a la muy podrida y antimunicipalista legislación mexiquense. Pero no quisieron, porque el gobernador les caía muy bien, o vaya usted a saber por qué.
Después de las elecciones del 4 de julio en que el PRI perdió Oaxaca, Puebla y Sinaloa, al priismo mexiquense (y a su comandante general Enrique Peña Nieto) el mundo se les volvió a venir encima. Y están muy nerviosos.

La semana pasada, el gobernador envió al congreso del estado una iniciativa de ley que modificaría la legislación electoral para otorgarle la mayoría de diputaciones al partido que obtenga la mayoría simple de la votación emitida. Es decir: que si el PRI ganara sólo 21 diputaciones, por mandato de ley se le adjudicarían 38. Eso no solamente es retorcer el mandato de las urnas, sino prácticamente anular las elecciones.

No parece razonable que el capitán victorioso que en las últimas elecciones llevó a su partido a gobernar a un poco más del 90% de los mexiquenses, hoy haga aprestos en prevención de un achicamiento tan escandaloso como lo fue su ascenso de julio de 2009.
Ese amigo de los pederastas que es el gobernador de Puebla, Mario Marín, hizo cambiar la ley de su estado en el año 2008 para cubrir sus espaldas ante la eventualidad de que como resultado de la elección de 2010 una legislatura fuera de su control le revisara las cuentas. Sabía desde entonces que era altamente probable la derrota que él y su partido vivieron el 4 de julio.

Enrique Peña Nieto sabe que la elección de julio de 2009 no se repetirá, porque para ello necesitaría que nuevamente el PAN y el PRD se dejaran ganar. Nadie le compra a los panistas y perredistas del estado de México la mala historia de que Enrique Peña Nieto los sorprendió como un rayo en día sereno. No. Los fenómenos políticos no surgen ni desaparecen de la noche a la mañana, como sí les sucede a los tlaconetes cuando se les echa sal.

Peña Nieto y sus lugartenientes de mayor visión están muy espantados. Hay razones para ello. También debieran vivir en el susto las glorias municipales y regionales que imaginaron sus carreras políticas en ascenso si tan buen jinete los llevaba en ancas. A más de uno ya se le cayó la tienda, aunque todavía no se hayan dado cuenta.

albertomacias@mirada-regional.com
 
 
 
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