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TOROS
Los toros en el habla diaria
Galería, click para ampliar cada foto.
Por: El Niño del Coso

A Luis Rubén Hernández Ríos, amigo y taurino.

Según don José María de Cossío*, la terminología taurina ocupa una considerable área del lenguaje castellano. Y por nuestra parte acotamos: lo mismo sucede en el habla del mexicano, con giros marcadamente locales. Síganos, por favor, estimado lector, lectora.

Con la llegada de los españoles a suelo americano llegó también una fiesta de antiquísimo origen: el alanceamiento de toros, la lucha de los caballeros medievales contra los toros de lidia, esa raza de bovinos que se dio en territorio ibérico. Ese espectáculo fue un referente cultural para la población de la Nueva España durante los tres siglos del virreinato y después para la mexicana en la etapa independiente y lo es, aunque cada vez menos, para nuestro tiempo.

Bernardo Gaviño, torero español nacido en Cádiz en 1812, fue el primer maestro de la torería mexicana y su más afamado discípulo fue el legendario Ponciano Díaz, quien fuera caporal de la ganadería que ostenta el decanato de la cabaña brava mexicana y mundial: San Mateo Atenco, fundada en 1522 por Juan Gutiérrez Altamirano, un sobrino de Hernán Cortés.

Y precisamente en torno de estos dos personajes se acuñaron frases que pasaron a formar parte del imaginario y del habla mexicanos: “¡Ora, Ponciano!”, fue no sólo la expresión con que se le hacía saber al torero charro que había el deseo de verle torear y banderillear a caballo, sino que quedó convertida en un referente de su época. Poner un par de banderillas significa decir algo para molestar a alguna persona.

Bernardo Gaviño
Bernardo Gaviño


Decir que a alguien “le pasó lo que a Bernardo Gaviño”, alude al hecho de que el torero fuera cornado en el ano por el toro Chicharrón en la plaza de toros de Texcoco, allá por el año de 1886, lo que unos días después le causó la muerte. 

Cornada
Como le pasó a Gaviño

Es comentario muy extendido entre la gente del toro que la expresión “le dieron chicharrón”, con la cual se alude al hecho de privar a alguien de la vida, deriva precisamente del nombre del bravísimo cinqueño de la ganadería de Ayala que cogió mortalmente a Bernardo Gaviño.

Ser más desgraciado que un caballo de plaza, expresa, además de fatalismo, todo un cuadro de costumbres taurinas de los tiempos en que los equinos montados por los picadores eran destripados en gran número cada corrida, pues no los protegía el peto que hoy llevan. Aquella infausta tarde de la cornada de Gaviño, refiere el cronista Recortes, que “el toro resultó bravo, tomó ocho puyazos, matando dos caballos”.

aguantar vara

El picador poniendo el puyazo; el toro aguantando vara. Foto: Alberto Raúl Macías

Aguantar vara, equivale a decir que soportó mucho castigo. Se dice también de quienes deben sobrellevar situaciones incómodas o molestas. Y es que a la actuación de los picadores se le llama también “la suerte de varas”.

Dijo el mismo cronista que aquel astado era “de pocas libras”, con lo cual no lo acusa de flaco, sino que no era de mucho peso, de mucha romana, como se le dice a la mujer de opulentas formas y carnes.  Relacionado con este modismo va el  ser de buen trapío, que alude a un burel de bella estampa, pero que se utiliza también para referirse a mujeres de arrogante belleza.

Recortes describe a Chicharrón como “un toro negro zaino, meleno, bien encornado”. Una cornamenta de gran tamaño siempre es festejada por los aficionados y se habla de ella con admiración no exenta de exageración. Así lo demuestra la frase Se parece al toro del ejido, que parado un pájaro en la punta de cada cuerno no se oye el uno al otro.


Toro
El toro del ejido.

En la época de la muerte de Gaviño se exigía que los toros tuvieran cinco años cumplidos: el dicho Los toros de cinco y los toreros de veinticinco alude a las edades deseables. Gaviño tenía 74 años cuando lo cornó Chicharrón.

La edad hace a los cornúpetas más peligrosos y difíciles de lidiar, a diferencia de los becerros que se comen la muleta. De algunas personas muy experimentadas se dice que tienen menos pases que un semental de diecisiete años, pues no es fácil engañarles.

Embestir en cuanto le mueven el capote, retrata la reacción de quien cae a la primera provocación o a la más leve insinuación.

Torear a una persona, es engañarla, hacerle creer algo. Entre los taurinos se recomienda para quitarse a alguien de encima darle dos naturales y uno de pecho, es decir: torearlo y luego mandarlo allá lejos.

Quedar para el arrastre se refiere a la acción de las mulillas para retirar del ruedo el cadáver del toro. Se usa para denotar que se tiene un gran cansancio.

El arrastre
El arrastre. Foto: Alberto Raúl Macías

*Estas son sólo algunas de las abundantes aportaciones de la tauromaquia al lenguaje diario, algunas de ellas aparecen citadas en la monumental obra de doce tomos Los Toros de don José María de Cossío. Otras nos las han compartido nuestros amigos, ya en la calle, ya en la plaza de toros.

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