Intentando hacer plática cordial le pregunté
- ¿Señor Elías Calles? –
Me contestó con una frase muy cortés, pero con un timbre de voz agresivo y retador
–Su servidor y amigo–
En resumen: respondió con la mexicanísima ambigüedad que nos distingue en el mundo hispanoparlante. Podemos manifestar amistad en la semántica de las frases y marcar deslindes abismales mediante el tono de la voz, los gestos faciales y los movimientos corporales.
Aunque no fue muy amistoso, sí fue eficazmente servicial al indicarme la forma correcta de llenar los espacios que me faltaban para poder presentar mi declaración de impuestos.
Para despedirme, le pregunté si era familiar del general Plutarco Elías Calles. También con sequedad me dio la respuesta obvia:
—Fue mi señor padre.
De hecho, fue el hijo menor del segundo matrimonio del divisionario. Don Leonardo no solamente había heredado de su progenitor la dureza de la mirada y de los rasgos faciales, sino lo lacónico de su lenguaje.
Muchos años antes de que a cada uno de ellos les tocara asumir la presidencia de nuestro país, fueron presentados don Adolfo de la Huerta y el general Calles. Ambos eran oriundos de la región de Guaymas y don Adolfo quiso hacer conversación preguntándole
— ¿A cuál familia de Guaymas pertenece?
La respuesta de don Plutarco fue breve:
—A la mía.
Este militar sonorense es considerado —con gran justicia— como uno de los constructores del México postrevolucionario. Durante su período de gobierno (1924 a 1928) se preocupó por que la administración pública tuviera, lo más que fuera posible, autonomía en relación a la personalidad que ocupara la presidencia de la república, que sus gestiones trascendieran los períodos presidenciales y que fueran constituyendo cuerpos técnicos que pudieran hacer planteamientos de acción a muy largo plazo. Para el final de su mandato las secretarías de Gobernación, Relaciones Exteriores y Hacienda funcionaban casi de acuerdo a ese desiderato. Desgraciadamente la propia investidura presidencial no corrió con la misma suerte y don Plutarco cometió el error de aceptar ser un supralegal “Jefe Máximo”. Sin embargo, en una u otra situación propició la fundación del Banco de México, de parte importante de la banca de desarrollo y, en el terreno político, el establecimiento del Partido Nacional Revolucionario que con el paso de los años fue decayendo en el actual PRI. En artículos anteriores se tocó el tema la importantísima institucionalización del Ejército Nacional Mexicano.
Volviendo a mi circunstanciales coincidencias con el señor Elías Calles, cada final de mes, durante los siguientes cinco, acudí a pagar la parcialidad correspondiente de mi impuesto sobre la renta. Repetidas veces saludé de lejos a don Leonardo mediante otra mexicanísima gestualidad consistente en levantar la mano derecha a la altura del cuello, con la palma acombada hacia mí y realizando un pequeño movimiento hacia adelante. Esta cortesía sí era aceptable para él –quizá porque le permitía conservar su adustez– y siempre correspondía de la misma forma.
En cada una de esas ocasiones, yo me quedaba cavilando en que siendo importante el cargo de jefe de la Oficina Federal de Hacienda en Texcoco, no correspondía a la imagen que las leyendas urbanas nos plantean acerca de la bonanza de la vida para las familias de los personajes que en algún momento ocupan altos cargos en el gobierno mexicano. La corrupción, el nepotismo y los amiguismos están, por desgracia, muy presentes en nuestra vida pública, pero tampoco es cierto que sean los únicos resortes que mueven los acontecimientos políticos de nuestro país. Simplificar los análisis políticos al grado de explicar todo el acontecer nacional por medio de transas y cochupos nos lleva, desde luego, a equivocaciones, pero también sirve de pretexto y disculpa para aquellos que desean ceder, y ceden, a la tentación de incurrir en esos vicios.
Hacia el año 1960, frente al surgimiento de la Revolución Cubana, la clase política mexicana se sintió en la necesidad de definir sus posiciones ideológicas. Al general Alfonso Corona del Rosal —miembro conspicuo de dicha clase— se le ocurrió declarar que “la Revolución Mexicana ya se había bajado del caballo”. Inmediatamente surgió el pitorreo general en el sentido de que lo había hecho para poder subirse al Cadillac, en clara referencia a los lujosos automóviles que se habían puesto de moda entre los funcionarios del sexenio alemanista.
La última vez que vi al señor Elías Calles fue en la glorieta de Chapingo. Iba yo saliendo en mi auto rumbo a mi casa como a las 6 de la tarde, en convergencia a la carretera que corre en dirección al D. F. Una camioneta del transporte colectivo abrió su puerta lateral para subir pasajeros. En uno de los asientos traseros iba don Leonardo. La reflexión sobre el asunto fue obvia e inmediata:
Parte significativa de la Revolución Mexicana también se subió a la Combi.
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