El profesor coincidió conmigo y además sustentó sus simpáticas explicaciones en una muy buena información de los temas que se trataban. Nos dio una hilarante reseña de los cambios promovidos por el emperador Meiji a partir de su llegada al trono.
En primer lugar, señalaba, llamó al conde de Toshiba, al barón de Mitsubishi, al duque de Toyota y a otros como ellos, y les dijo:
–Ahora sí cabrones, quiero que dejen esa pendejada de sus feudos, pero les voy a dar chance, y los voy a apoyar, para que pongan todas las industrias que se les hinchen sus güevos, pero eso sí: que sean bien chingonas–
Yo me desternillaba de la risa al imaginar a personajes solemnes como el califa o el emperador expresándose con un lenguaje tan florido y lo mismo les sucedía a otros asistentes a la tertulia. Nuestro amigo se animaba cada vez más y pasó a explicarnos con igual buen tino e información –pero con el mismo vocabulario– cómo había sido la escena cuando el augusto emperador Meiji decidió impulsar el desarrollo tecnológico de su país: Convocó a los mejores estudiantes del imperio y, en tal ocasión, el augusto monarca nipón les espetó:
–¡Escúchenme bien, pinches batos! Se me van a largar como pedo a estudiar lo que a ustedes más les interese. Cada uno irá al país de Europa donde estén más avanzados en lo que elijan o también a los Estados Unidos. Pero no me interesan los grados; aquí el único que da títulos nobiliarios soy yo, y me pasaría de pendejo si renunciara a ese privilegio. El que vaya a Inglaterra deberá espiar cuáles son sus trucos para ser tan chingones en fabricar acero; fisgonear en Alemania cómo fabrican sus productos químicos; en Francia, cómo diseñan las estructuras, y en Estados Unidos cómo organizan la construcción y la agricultura. ¡Concéntrense en lo que les dije o cuando regresen les parto su madre! ¡Sólo deben pensar en lo que sea de utilidad para su patria! Yo aquí les concederé todos los pinches honores que se les ocurran–.
De haber escuchado este relato durante mi adolescencia lo habría dado por rigurosamente verídico, me habría tomado los testículos y habría lanzado un escupitajo bravucón al suelo; pero la explicación del profesor habría quedado grabada en mi memoria y mi imaginación juvenil la habría seguido procesando casi inconscientemente, encaminando así la adquisición de un conocimiento más maduro y certero.
Desde luego que la versión de don Anselmo era inexacta: El emperador se reservaba las decisiones finales, pero casi no hablaba en las reuniones de su gabinete y, cuando sí lo hacía, no intentaba competir con Emilio González Márquez en decir vulgaridades. Además, la compañía Toyota no existía en aquel tiempo, y la palabra Toshiba es un acrónimo de “Compañía Eléctrica de Tokio”.
Pero el esquema de decisiones políticas descrito parece coincidir con lo acontecido; y el hecho histórico es que el Imperio del Sol Naciente se industrializó rápidamente. También logró enormes avances en su desarrollo tecnológico. Y ambas conquistas fueron cuestión de unas cuatro décadas: las últimas del siglo XIX. Así, tomó por asalto un lugar entre las grandes potencias económicas, políticas y militares de los años del cambio de siglo, a tal grado de derrotar, en 1905, al Imperio Ruso en la guerra por la posesión de Puerto Arturo y por la preponderancia estratégica en Manchuria y en todo el oriente de Asia.
Pensé en terminar aquí este escrito, cavilando en que toda la élite nipona –no sólo el emperador– no había sido tan pendeja de soltar una palanca de promoción nacional como la descrita arriba. Me fui a dormir convencido de que no hay un grupo gobernante (en ninguna parte del mundo) que incurra en una frivolidad de ese tamaño. Pero a media noche me desperté aterrado por varias dudas. ¿Existirá alguno? Y si existe alguno, ¿qué tan cercano está de nosotros? |